Acerca del programa: Una noche de cine y música: De México a Hollywood
Sobre esta pieza
Uno de los mitos más queridos de la historia cultural mexicana es la llamada Época de Oro del Cine Mexicano, que duró aproximadamente de 1936 a 1956. En efecto, fue una época de oro desde el punto de vista industrial, y también en términos de recaudación de taquilla. En esas dos décadas se rodaron muchas películas y de los estudios mexicanos salieron algunos éxitos de taquilla, aunque no todas las producciones de esas décadas tuvieron el mismo nivel. Sin embargo, no cabe duda de que esta Época de Oro produjo, entre otras cosas, una verdadera cornucopia de películas protagonizadas por cantantes, lo cual era lógico, pues el cine sonoro mexicano nació, literalmente, cantando.
Las dos principales muestras de la vocación cancioneril del primer cine mexicano son Santa y Allá en el rancho grande. Santa (dirigida por Antonio Moreno, 1931) es un claro melodrama que cuenta con la famosa canción del título escrita por Agustín Lara, una de las figuras más populares de la cultura mexicana. Allá en el rancho grande (Fernando de Fuentes, 1936) está considerada la pionera y arquetipo del género llamado comedia ranchera. De nuevo, el éxito de la película y su posterior mitificación giran en torno a la canción del título, en este caso cantada por el primer gran ídolo de la música ranchera, Tito Guízar. El resto, como suele decirse, es historia de la música.
En muchas de las comedias rancheras cinematográficas que siguieron, las canciones eran serenatas para conquistar a la señorita en turno, o bien sátiras picantes para hostigar al rival en turno. Las canciones se volvieron tan emblemáticas que la mayoría de las partituras orquestales que las complementaban fueron relegadas a un rol secundario.
En el siguiente par de décadas, varios cantantes mexicanos accedieron a la fama principalmente a través del cine, y un buen número de trovadores románticos (ya fueran urbanos o rurales) surgieron de la pantalla como auténticos y duraderos ídolos, principalmente Pedro Infante y Jorge Negrete.
Pero el cine mexicano necesitaba algo más que canciones exitosas para sus soundtracks; necesitaba partituras orquestales que pudieran proporcionar una respetable aura de alta cultura, sin perder de vista sus raíces populares. No es coincidencia, entonces, que el primer compositor mexicano importante de partituras fílmicas haya sido Silvestre Revueltas (1899-1940) quien, de acuerdo con todos los parámetros del caso sigue siendo hasta la fecha el músico más importante en la historia de México. Aunque Revueltas casi no citaba directamente las canciones y la música popular, sus obras (tanto para la sala de conciertos como para la pantalla) tienen un sabor mexicano inconfundible gracias a su formidable intuición y a su cercanía personal a esas raíces culturales.
Entre el puñado de sus partituras cinematográficas destaca la que escribió para Redes (Fred Zinnemann/Emilio Gómez Muriel, 1936), que no sólo aportó un trasfondo dramático y poderoso a esta película con una clara perspectiva humana y social, sino que también se convirtió en un elemento básico indispensable en la plataforma de conciertos. La pieza de Revueltas para el funeral de un niño y su ominosa imitación de los remos de los pescadores son inolvidables. Menos pulida, pero sin embargo vibrante y espectacular, es su música para La noche de los Mayas (Chano Urueta, 1939), una película quizá más apreciada por su música que por sus valores cinematográficos. La suite de concierto de La noche de los Mayas cuenta con un amplio y poderoso leitmotiv que representa las grandiosas e imponentes pirámides de la cultura maya, en marcado contraste con una suave versión, a modo de serenata, de la nana prehispánica "Kónex, kónex". Y como colofón, una estimulante avalancha de percusión indígena, que deja espacio a la improvisación.
Por otro lado, Manuel Esperón (1911-2011) hizo pocas contribuciones a la música de concierto, pero en cambio escribió no menos de 500 partituras para películas, incluyendo muchas canciones escritas específicamente para Infante y Negrete, entre las que destaca "Amorcito corazón", cantada por Infante en la película de 1948 Nosotros los pobres, dirigida por Ismael Rodríguez, que se convirtió en un icono instantáneo y duradero de la cultura popular mexicana. También es autor de Suite México 1910, un collage de géneros tradicionales mexicanos aderezado con algunas citas fugaces de sus propias partituras cinematográficas; el título es una referencia intencionada al año en que comenzó la Revolución Mexicana. Suite México 1910 incluye baladas románticas, marchas militares, música de salón y aires de baile.
No menos admirado que Infante y Negrete, Mario Moreno, "Cantinflas", no fue en realidad una estrella del canto, pero ha seguido siendo hasta hoy el cómico más entrañable del cine mexicano, con cerca de 50 películas en las que creó muchos personajes cómicos que siguen presentes en la imaginación del público. Entre sus muchos momentos memorables destaca su desternillante parodia del Bolero de Ravel en El bolero de Raquel (Miguel M. Delgado, 1957).
Escritor, productor, actor, director, seductor de personalidad volátil, Emilio El Indio Fernández personificó a un tipo distinto de ídolo. Hizo carrera en Hollywood y dirigió docenas de películas en México, abarcando casi todos los géneros en boga y creándose una reputación de tipo rudo. Desde gentiles comedias rancheras hasta sórdidos melodramas de burdel, El Indio no dejó género sin explorar, y su filmografía produjo una variedad musical tan amplia como la de los temas que abordó durante una prolífica carrera no igualada en el cine mexicano.
Y finalmente, unas palabras sobre Luis Buñuel, considerado uno de los cineastas más influyentes de todos los tiempos. Aunque nacido en España y con una sólida presencia en su tierra natal y en la historia del cine francés, filmó muchas de sus películas más importantes en México y suele ser incluido en la lista de cineastas mexicanos. Su compatriota (y también exilado) Luis Hernández Bretón (1912-1995) trabajó en la industria fílmica mexicana durante casi cuarenta años y escribió varias partituras para películas de Buñuel.
En décadas recientes no han surgido en el cine mexicano estrellas tan grandes como Guízar, Infante y Negrete, con la probable excepción de un par de cantantes rancheros y un puñado de baladistas. Y, sin embargo, el cine mexicano sigue cantando a través de las voces de algunas estrellas del pop y el rock, muchos de ellos creados y promovidos artificialmente. Pero esa ya es otra historia.
La edad de oro de Hollywood
La parte hollywoodiense del programa comienza apropiadamente con el arreglo que el compositor John Williams hizo en 1987 de "Hooray for Hollywood", la canción de Richard A. Whiting y Johnny Mercer (de Hollywood Hotel, de 1937, dirigida por Busby Berkeley) que se ha convertido en un himno no oficial de Tinseltown.
Desde ese alegre comienzo, nos sumergimos en un género clásico de Hollywood -el cine negro- y en la música del húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) para Double Indemnity (1944), la saga del director Billy Wilder sobre una seductora (Barbara Stanwyck) y el agente de seguros (Fred MacMurray) que se enamora de ella y luego la asesina. El compositor crea un ambiente sombrío y, con su tema en forma de canto fúnebre, sugiere que el corredor de la muerte es el inevitable destino final del culpable. Rózsa ganaría Oscars más tarde por Spellbound, Una vida dobley Ben-Hur.
George Gershwin (1898-1937) escribió varias canciones para películas estadounidenses antes de su prematura muerte. Pero el mayor proyecto de Gershwin que llegó a la pantalla fue sin duda Un americano en París, la película de la MGM dirigida por Vincente Minnelli que tomó su título del poema tonal del compositor de 1928. La estrella Gene Kelly coreografió y, junto con su compañera de reparto Leslie Caron, bailó un largo ballet basado en la obra de Gershwin como final de la película. La película de 1951 ganó seis Oscar, incluido el de mejor película, además de uno honorífico para Kelly "por sus brillantes logros en el arte de la coreografía en el cine".
Bette Davis pasó la mayor parte de las décadas de 1930 y 1940 en Warner Bros., donde también estaba contratado el vienés Max Steiner (1888-1971), que compuso nada menos que 19 de sus películas, entre ellas Jezebel, Dark Victory y The Letter. Pero fue Ahora, viajero (Irving Rapper, 1942) la que le valió a Steiner uno de sus tres premios de la Academia, creando un memorable tema romántico para Davis y Paul Henreid como compañeros de viaje inicialmente infelices que encuentran el amor juntos. La popularidad de la película hizo que se añadiera una letra a la melodía de Steiner, convirtiéndose en una canción de éxito bajo el título "It Can't Be Wrong". Otras partituras clásicas de Steiner son " Lo que el viento se llevó", la original de King Kong y "Un lugar de verano".
Dos de los compositores del programa celebran este año su centenario: Maurice Jarre (1924-2009) y Leonard Rosenman (1924-2008). Jarre ganó tres Oscar, todos ellos para películas del director inglés David Lean. Su éxito con Lawrence de Arabiallevó a Lean a contratar al compositor francés para que escribiera una suntuosa partitura con sabor a balalaika para Dr. Zhivago (1965), la épica adaptación cinematográfica de Lean de la novela de Boris Pasternak sobre un médico y poeta moscovita atrapado en la agitación de la Revolución Rusa. Omar Sharif era Zhivago y Julie Christie su amante, Lara. "Lara's Theme" se hizo tan popular que su versión vocal, "Somewhere, My Love", recibió una nominación al Grammy a la Canción del Año en 1967.
El compositor neoyorquino Rosenman llegó al mundo del cine porque era amigo del actor James Dean, y el director Elia Kazan le animó a unirse a ellos durante el rodaje de Al este del Edén (1955) en California. Rosenman compuso la banda sonora de esta película y de la siguiente de Dean, Rebelde sin causa. Con ello, contribuyó a que la música de cine tomara un rumbo más progresista, adoptando la atonalidad, la disonancia y el serialismo en los años 60 y 70, y más tarde ganaría sendos Oscar por Barry Lyndon y Bound for Glory.
La carrera de Max Steiner en Warner Bros. continuó durante los años 50 y la mitad de los 60, pero quizá ninguna película de Steiner sea más venerada que Casablanca (1942), el clásico bélico de Humphrey Bogart, Ingrid Bergman y Paul Henreid. Steiner entrelazó brillantemente la canción de Herman Hupfeld "As Time Goes By", el himno nacional francés "La Marsellesa" y su propia música original en un tapiz dramáticamente eficaz que sigue resonando entre los aficionados al cine de todo el mundo. -Jon Burlingame
DE UN VISTAZO
Los albores de la Edad de Oro de Hollywood y del cine mexicano van de la mano de la aparición del cine sonoro. La época del cine mudo produjo muchas obras maestras, pero una forma de arte realmente envolvente nació cuando los estudios de cine pudieron sincronizar imágenes impactantes con un sonido cautivador. No es de extrañar que algunos de los compositores con más talento de la época se decantaran por este nuevo medio. En México, atrajo a los músicos más famosos del país, figuras como Silvestre Revueltas y Manuel Esperón, mientras que otros cineastas emplearon brillantemente los efectos de sonido para promover su visión, desde paisajes oníricos surrealistas hasta escenas cómicas.
En Hollywood, emigrantes de origen europeo como Max Steiner y Miklós Rózsa, así como talentos locales como Richard A. Whiting y George Gershwin, fueron absorbidos por el sistema de estudios, garantizando que las películas dejaran huella en la mente y el oído. Este programa, comisariado por el legendario compositor John Williams y dirigido por el Director Musical y Artístico de LA Phil, Gustavo Dudamel , nos lleva en un viaje cinematográfico a través de las partituras clásicas que permanecen con nosotros.
Eventos pasados
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