«Scène d’Amour», de *Vértigo*
De un vistazo
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Compuesto
1958 -
Longitud
unos 5 minutos
Sobre esta pieza
Al igual que los artistas románticos del siglo XIX, Alfred Hitchcock y Bernard Herrmann sentían una gran fascinación por la mezcla de belleza y anhelo, violencia y muerte inherente a la condición humana. En una búsqueda compartida por sondear los oscuros recovecos de la mente, ambos dieron rienda suelta a su visión poética y sombría a lo largo de ocho películas: Hitchcock elaboraba la trama, los diálogos y las imágenes, mientras que las bandas sonoras hiper-expresivas de Herrmann creaban la atmósfera y definían la psicología de los personajes —esos elementos invisibles de una película que nos persiguen mucho después de que aparezcan los créditos—.
Para muchos, esta relación entre el director y el compositor alcanzó su punto álgido en «Vértigo», una historia de ansiedad, obsesión y deseo basada en la novela «D’entre les morts» (De entre los muertos), de Pierre Boileau y Thomas Narcejac. La película sigue los pasos de Scottie Ferguson, un detective jubilado de San Francisco contratado por un amigo, Gavin Elster, para seguir a la esposa de este, Madeleine, quien, según él, está poseída por el espíritu de su bisabuela española, Carlotta, hasta el punto de querer suicidarse. Scottie y Madeleine se enamoran, pero el detective descubre más tarde que el objeto de su enamoramiento es, en realidad, una mujer llamada Judy que se hace pasar por Madeleine después de que Gavin asesinara a su esposa.
Si esa trama suena especialmente operística, hay una buena razón: la novela en la que se basa era una versión moderna del mito medieval de Tristán e Isolda, que también había inspirado la saga teatral de amor y muerte de Richard Wagner. Y, al igual que Wagner, Herrmann sumerge al público en lo más profundo de la psique de cada personaje mediante el uso de leitmotivs: fragmentos musicales recurrentes vinculados a personajes o emociones concretos.
En «Scène d’Amour», Herrmann destaca el carácter condenado al fracaso del amor entre Scottie y Madeleine mediante el uso de las armonías sensuales y la exuberante orquestación de la ópera de Wagner. La música va elevando poco a poco la intensidad de una escena clave entre la pareja, pasando del sonido etéreo de los violines con sordina a un clímax envolvente que encarna la dualidad entre el miedo y el deseo, la ansiedad y el éxtasis que se encuentra en el corazón de la película.
Esta escena, más que ningún otro momento de la partitura de Herrmann, refleja la propia descripción que hace Wagner del impulso musical que impulsa su «Tristán e Isolda»: «una larga sucesión de frases encadenadas que permiten que un anhelo insaciable vaya creciendo… para encontrar la brecha que muestre al corazón infinitamente anhelante el camino hacia el mar del deleite infinito del amor».
— Michael Cirigliano II