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Sinfonía en tres movimientos

De un vistazo

  • Compuesto

    1942-1945
  • Longitud

    unos 22 minutos
  • Orquestación

    flautín, 2 flautas, 2 oboes, 3 clarinetes (el tercero es un clarinete bajo), 2 fagotes, contrafagot, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales, bombo, arpa, piano y cuerdas
  • Primera actuación de la Filarmónica de Los Ángeles

    6 de enero de 1947, con Otto Klemperer como director

Sobre esta pieza

En 1942, dos años después de terminar la Sinfonía en Do, Stravinsky comenzó a trabajar en un encargo de la Filarmónica de Nueva York. El trabajo avanzaba a trompicones, ya que el compositor cambiaba de opinión una y otra vez sobre la forma que adoptaría la obra, siendo la única certeza (por entonces) que incluiría una parte concertante para piano solo.

Lo que finalmente se convirtió en la Sinfonía en tres movimientos no se terminó hasta 1945, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, bajo la influencia, como escribió el compositor, «de nuestra ardua época de acontecimientos agudos y cambiantes, de desesperación y esperanza, de tormentos continuos, de tensión y, al fin, de cese y alivio...»

En 1943, Stravinsky intentó componer la música para la adaptación cinematográfica de la novela de Franz Werfel *La canción de Bernadette*. Al igual que otros proyectos cinematográficos de Stravinsky, este tampoco llegó a buen puerto; pero la música que sí llegó a completar —principalmente una escena para «La aparición de la Virgen», con un papel destacado para el arpa solista— se convirtió, según el compositor, en el segundo movimiento de la presente sinfonía.

Parecería que, a finales de 1943, tenía entre manos dos tercios de una especie de sinfonía concertante: el primer movimiento dominado por el piano y el segundo, por el arpa. ¿Qué hacer, entonces, con el finale? Su solución, según el estudioso de Stravinsky Eric Walter White, fue «no limitarse a combinar [piano el arpa] en pasajes instrumentales tutti, sino destacarlos como las dos voces principales en una fuga alla breve que situó en el centro del movimiento». Antes de hacerlo, sin embargo, debió de modificar considerablemente al menos el primer movimiento, ya que el piano, aunque importante, no tiene ni de lejos la presencia concertante tan marcada que cabría imaginar.

En *Diálogos y un diario* (1964), Stravinsky entra en detalles considerables, quizá excesivos, sobre la inspiración y el «programa» de la Sinfonía, reiterando la idea de haberse inspirado en el cine: «Cada episodio de la Sinfonía está vinculado en mi imaginación a una impresión cinematográfica concreta de la guerra...» Así, el agresivo primer movimiento —una interpretación libre de la sonata-allegro clásica, con una introducción y una coda— se «inspiró en una película bélica sobre tácticas de tierra quemada en China». El episodio central para clarinete y piano concibió como una serie de conversaciones instrumentales para acompañar una escena cinematográfica en la que se veía al pueblo chino rascando y cavando en sus campos».

Con su carácter irregular y su furia, esta música tan cromática se aleja mucho, tanto en sonido como en color, de su equivalente diatónico en la Sinfonía en Do. Aquí, la forma neoclásica se une a la intensidad rítmica de *La consagración de la primavera*, aunque sin llegar a la complejidad rítmica del ballet.

Resulta difícil imaginar que el segundo movimiento guarde relación alguna con una «aparición de la Virgen». Si es que describe tal acontecimiento, sin duda lo hace en tono irónico (lo cual es poco probable), con una ligereza casi rossiniana. Un interludio de siete compases conduce al finale, que el compositor describió como escrito «en reacción a los noticiarios y documentales que había visto de soldados marchando al paso de la oca. El compás cuadrado de la marcha, la instrumentación de banda de metales, el crescendo grotesco de la tuba, todo ello está relacionado con esas imágenes abominables... La exposición de la fuga y el final de la Sinfonía están asociados en mi trama con el ascenso de los Aliados, y el acorde final de sexta en re bemol —en lugar del esperado do—, algo demasiado comercial, simboliza de alguna manera mi exuberancia ante el triunfo aliado...»

Por cierto, ese acorde final, estridente y jubiloso, se extiende a lo largo de más de seis octavas en la orquesta: un ruido infernalmente glorioso.

La Sinfonía en tres movimientos —«“Tres movimientos sinfónicos” sería un título más exacto», según Stravinsky— se estrenó en enero de 1946 en el Carnegie Hall. El compositor dirigió a la Filarmónica de Nueva York.

Herbert Glass, tras muchos años como columnista del *Los Angeles Times*, lleva una década trabajando como comentarista y editor en lengua inglesa para el Festival de Salzburgo.

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