Sinfonía No. 4
Sobre esta pieza
Para alguien tan a menudo percibido como la encarnación del músico revolucionario, es sorprendente lo poco que Beethoven rompió realmente las reglas. Su verdadero genio no reside en rebelarse contra sus predecesores Haydn y Mozart, sino en ampliar su lenguaje para alcanzar territorios nuevos e inexplorados. Esto le permitió tomar los ideales revolucionarios en los que creía fervientemente -libertad, autonomía individual- y reflejarlos en la música sin quemar la casa.
Su Cuarta Sinfonía es un buen ejemplo. Enclavada entre dos sinfonías mucho más famosas y dramáticas, puede parecer menos audaz. Pero es un excelente ejemplo de cómo Beethoven utiliza conceptos existentes para expresar algo totalmente nuevo.
Desde el principio, Beethoven parece seguir el modelo de Haydn de abrir una sinfonía con una introducción lenta y pesada. Pero "introducción" es un término equivocado: esta música no nos prepara exactamente el escenario. Al contrario, es atrevidamente abstracta: intervalos desnudos y descendentes sobre un zumbido diáfano. (Puede que escuche la Primera de Mahler en ella. O Star Trek. En cualquier caso, tiene toda la razón). Nos conducen a ciegas por un espacio oscuro y amorfo sin nada que nos indique el camino a seguir. Pero justo cuando llegamos a un punto muerto, con un acorde repentino y una floritura de violín -como un estallido de luz sonora- la música se libera y pone en marcha el resto del movimiento con una energía irresistible. Es un momento inolvidable, posiblemente inspirado en el "hágase la luz" de La Creación de Haydn, pero fundamentalmente diferente: para Beethoven, el triunfo del orden sobre el caos no es un sentimiento religioso, sino idealista y político. Y como para reiterar que nunca está garantizado, la música se desliza de nuevo hacia ese abismo informe, situando ahora el misterioso zumbido en las profundidades más oscuras, amenazando con devorar todas las demás notas. Pero, como si luchara contra su atracción, las florituras familiares de las cuerdas que habían anunciado el momento de libertad vuelven a crecer, hacia una sonoridad aún más brillante que antes. Ese es el elemento al que Beethoven vuelve más que a ninguna otra cosa en el primer movimiento, que termina con una oleada de optimismo sencillamente embriagadora, cuyo resplandor prevalece sobre el resto de la sinfonía.
Las versiones de cámara de la música orquestal solían ser bastante comunes en el siglo XIX. Pero transmitir una sinfonía de Beethoven escrita para docenas de instrumentos a través del lenguaje íntimo y más conversacional de un trío de piano es un poco como traducir una gran novela. Tratar de iluminar sus ideas explosivas e intemporales a través de una lente completamente nueva no es sino emocionante.
-Shai Wosner
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