Sonata para violín en Si bemol mayor, K. 454
Sobre esta pieza
El período durante el cual Mozart escribió la Sonata en Si bemol fue uno de los más prodi- ciosamente productivos en la corta vida de un genio renombrado por su prodigiosa producción. Compuesta en abril de 1784, fue la sexta obra maestra que salió de su pluma en un período de tres meses a partir de febrero, siendo los hermanos mayores de la Sonata cuatro piano conciertos - K. 449, 450,451, 453 - y el Quinteto para piano y vientos, K. 452.
Como casi todas las obras de este más exitoso de sus años en Viena, la Sonata fue escrita para una de sus propias interpretaciones, o más correctamente, para un concierto dado por un joven violinista italiano en el que iba a participar. Mozart escribió a su padre para la ocasión: "Tenemos aquí a la famosa Regina Strinasac- chi de Mantua, una muy buena violinista. Tiene mucho gusto y sentimiento al tocar. En este momento estoy componiendo una sonata que vamos a tocar juntos el jueves en su concierto en el teatro."
La obra resultante está claramente orientada a los virtuosos de ambos instrumentos, siendo la parte del violín del mismo nivel de importancia que la del piano y no sólo un accesorio de éste. Pero el atractivo y dotado Strinasacchi inspiró a Mozart a algo más que la concepción de una obra de exhibición; la Sonata en Si bemol es una composición de verdadera talla, una joya de obra, tan llamativa por su sustancia musical como por sus gallardas felicitaciones instrumentales.
El biógrafo de Mozart, Alfred Einstein, comparó la introducción de la Sonata con un arco de triunfo a través del cual se pasa en el camino hacia el majestuoso Allegro. En el movimiento propiamente dicho, como en toda la Sonata, la interacción del dúo es de tipo concierto a la mejor manera mozartiana, es decir, cada instrumento tiene una vida muy propia, la escritura permite igual cantidad de independencia y alegre compatibilidad.
El Andante es la pieza central de la Sonata numérica y expresiva, logrando un alcance y profundidad más allá de lo que el público vienés esperaría - o posiblemente querría - en una sonata para violín. Pero si las exquisitas introspecciones del movimiento tenían algún efecto perturbador en el público, la exuberancia de la cara abierta y la brillantez del final eran los antídotos perfectos. El experto en música del siglo XVIII Cuthbert Girdlestone llama a la clave de la alegría y la serenidad de Mozart en Si bemol; los movimientos exteriores de la presente Sonata justifican plenamente la observación.
- Orrin Howard