Sonata para violín en mi menor, BWV 1023
Sobre esta pieza
Aparte de las piezas para teclado, la mayor parte de las obras instrumentales de Bach que se conservan datan de su época en Cöthen (1717-23), donde disponía de buenos instrumentistas y no había demanda de composiciones litúrgicas. Bach, que era un buen violinista y estaba muy familiarizado con los modelos italianos que marcaban tendencia, escribió sin duda mucha más música de cámara de la que nos ha llegado.
Sin embargo, no se sentía muy atraído por la sonata para instrumento solista con acompañamiento de continuo (improvisación sobre una línea de bajo anotada, con los acordes apropiados indicados). Como grupo, las obras para violín y continuo de Bach muestran la influencia de Corelli y sus contemporáneos italianos en sus estructuras claras, patrones armónicos lógicos, uso de técnicas fugadas y, especialmente, en su evitación del virtuosismo por sí mismo.
Esto es evidente a lo largo de la Sonata en Mi menor, ya que el violín y el teclado intercambian material de un lado a otro en un contrapunto boyante. Menos evidente es la sutil habilidad de Bach en la transformación temática y el desarrollo motívico, por utilizar términos generalmente considerados anacrónicos en esta música, y sus momentos de síncopa y cambios métricos que desafían el pulso.
La estructura de la Sonata en mi menor es bastante convencional. Destaca por su inicio al estilo de una tocata, seguido de un lírico «Adagio ma non tanto», una «Allemanda» armónicamente sofisticada y una alegre «Gigue».—Recopilado a partir de materiales del archivo de la Filarmónica