Concierto Piano n.º 25 en do mayor, K. 503
De un vistazo
Sobre esta pieza
El genio indiscutible de Mozart nos ha bendecido con una gran riqueza de tesoros musicales, pero muy pocos géneros están tan bien surtidos como el concierto piano . Incluso si comenzamos el inventario con el nº 9 y pasamos por alto el nº 10 (que requiere dos pianos), hay 17 ejemplos maduros en el catálogo de Mozart, igualando o superando el almacén de sinfonías, cuartetos, sonatas y óperas estándar del maestro nacido en Salzburgo.
La síntesis de estilo sinfónico, despliegue solista y caracterización operística en estas obras las hace difíciles de igualar como realización de una obra de arte clásica idealizada. Equilibrando belleza y nobleza con la gama emocional de contornos melódicos expresivos que dicen mucho sin necesidad de texto, estas partituras nos brindan una oportunidad sin igual de experimentar el milagro de Mozart.
Entre sus conciertos piano , el nº 25 (la última de las tres obras en do mayor) ocupa un lugar destacado por su sublime integración de las múltiples dotes del compositor. La apertura está marcada como maestoso, pero pronto se aprecian cualidades que van más allá de la mera majestuosidad. Los cambios al modo menor aportan un toque de incertidumbre y vacilación al escenario heroico que se describe. El uso abundante de instrumentos de viento nos recuerda el asombroso don de Mozart para la orquestación, no sólo en el mercurial movimiento de apertura, sino también a lo largo de todo el concierto. Mozart no dejó ninguna cadencia para el primer movimiento, lo que permite a los solistas elegir una de otro intérprete o interpretar la suya propia.
El contraste es un elemento esencial en el arsenal de Mozart, y el segundo movimiento ofrece una amplia demostración. Tras el discursivo y extenso movimiento de apertura, la pieza central lírica del concierto permanece distante y elocuente, un oasis de serena reflexión en el que se exploran y explotan los registros extremos del piano .
Haciéndose eco de la práctica habitual en los movimientos de apertura, Mozart comienza el final con una exposición completa de los temas por parte de la orquesta. Como es habitual en los finales de concierto de Mozart, el escenario que sigue se ve perturbado por las sorpresas que surgen a lo largo del camino, y Mozart aporta mucha pompa para redondear las grandiosas páginas iniciales de la obra. -Dennis Bade